Desafiar las normas de género

Al margen de cierta e innegable superficialidad inherente al mundo de las pasarelas, la moda siempre ha tenido una lectura sociológica fascinante. Con frecuencia, refleja los cambios de mentalidad de las sociedades. En ocasiones, ha sido un medio con el que hacer reivindicaciones o denunciar desigualdades, como en el caso de los movimientos feministas. Y siempre ha sido testimonio visual de las circunstancias socio-económicas y políticas de cada periodo histórico. La moda neutra o genderless y el discurso ideológico que defiende son buena prueba de ello. 

Cuando oímos términos como moda neutra, genderless o agender, de inmediato nos viene a la mente el concepto de unisex. Y nos preguntamos, ¿es la enésima redefinición de algo que ha existido siempre?, ¿es una nueva estrategia de marketing para vender lo mismo? Pero lo cierto es que esta tendencia va mucho más allá. No se trata solo de crear prendas que puedan llevar hombres y mujeres indistintamente (como sudaderas, camisetas o jeans), sino de proponer nuevas siluetas con las que rebatir las normas de género, los estereotipos sobre lo femenino y lo masculino. Si bien las prendas unisex no son una novedad, sí lo es la filosofía que impulsa esta nueva corriente.

Tal y como explica en El Correo Eduardo Sánchez, director del Instituto Europeo de Diseño (IED), «el ser humano empezó a vestir sin género. En Egipto o Roma, el vestuario era muy similar para ambos sexos. No fue hasta el Renacimiento cuando empezó a diferenciarse claramente la ropa femenina de la masculina, sobre todo en la cultura occidental». Lo que demuestra que los códigos o etiquetas con los que describimos qué es femenino y qué es masculino son, en realidad, construcciones culturales. Pensemos, por ejemplo, en cómo en el mundo contemporáneo se considera el maquillaje o los tacones elementos exclusivamente femeninos, olvidando que en el siglo XVIII también los hombres calzaban zapatos de tacón y se embadurnaban el rostro.

¿Feminizar la ropa masculina o masculinizar la femenina?

Es incuestionable que la anatomía de hombres y mujeres es distinta, por lo que, obviamente, «hay ropa muy entallada que no se puede poner un hombre porque no estaría ajustada a su cuerpo», puntualiza Juan Carlos Grao, diseñador y profesor de moda en IDEP. Sin embargo, atribuir determinados colores o formas a un género es un artificio social (valga de ejemplo la anticuada idea de que el rosa es de niñas). Y, de hecho, lo que propone la moda genderless es que sea el propio individuo quien, con su actitud y personalidad, otorgue el género a la prenda, y no al revés.

Para difuminar estos límites, muchas colecciones de género no binario apuestan por líneas rectas y patrones anchos, con el fin de que se adapten tanto a cuerpos femeninos como masculinos. En otras, se subvierten las texturas y las siluetas que habitualmente se identifican con un género u otro. En la historia de la moda hay ciertos precedentes. Coco Chanel, por ejemplo, incorporó los pantalones en la indumentaria femenina. Estrellas del celuloide como Katharine Hepburn o Marlene Dietrich solían lucir diseños de corte masculino. Yves Saint Laurent creó el primer esmoquin para mujer. Y Jean-Paul Gaultier y Vivienne Westwood se atrevieron con las faldas para hombre. Sin embargo, la corriente agender no busca simplemente masculinizar la ropa femenina o feminizar la masculina, sino que defiende la creación de una identidad y un estilo individual al margen del género.

La celebración de lo queer

Además de cuestionar los límites de género, el movimiento apela a las identidades LGTBIQ+. Es el caso de las colecciones del diseñador Neil Grotzinger, de la marca Nihi. Sus diseños, ligados a temas como el lujo y el hedonismo, reivindican la herencia cultural del mundo queer, al tiempo que desafían los estereotipos masculinos. Al igual que los diseños de Luis de Javier, que son también una «celebración de lo queer, de la libertad, del sexo, de la aspiración», según sus propias palabras. Ambos promueven expresarse a través de la indumentaria sin miedo a las repercusiones o los prejuicios.

No obstante, la elección de esta estética no tiene que ver con el travestismo, sino con sentirse libre y a gusto. Por eso, este discurso sobre el género, la sexualidad, el estilo y la libertad de vestirse sin complejos interpela, asimismo, al público cisheteronormativo. Es más, algunos de los grandes iconos contemporáneos de la moda genderless no pertenecen al colectivo LGTBIQ+. La actriz Tilda Swinton, el actor Timothée Chalamet o la estrella de la música Harry Styles se han engalanado, en más de una ocasión, con accesorios tradicionalmente atribuidos a un solo género. La sastrería andrógina es también habitual en sus fondos de armario. Hemos visto a Swinton con trajes de líneas rectas, a Chalamet con americanas entallados en cintura o a Styles con collares de perlas y uñas esmaltadas.

Un signo de progreso social

Junto con los diseñadores antes citados, otros nombres como Faith Oluwajimi, Arturo Obegero, Ella Boucht o Kwun Hyuk Kim, así como firmas emergentes, caso de Maximilian, Act Nº1 o Situationist, abanderan esta moda de género no binario. Y, cada vez con mayor frecuencia, los desfiles de moda son mixtos, lo que permite a su vez economizar, dado que celebran menos desfiles al año, y reducir los desplazamientos en beneficio del medioambiente. Y, si bien todavía prevalece lo normativo, el desafío a las normas de género hace tiempo que llegó no solo a las pasarelas, sino también a los comercios.

Ya, en 2015, antes de que la tendencia genderless tuviera la repercusión actual, en el emblemático centro comercial Selfridges, se inauguraron tres plantas dedicadas a marcas y diseñadores de moda neutra. En ellas, pueden adquirirse prendas de Ann Demeulemeester, Comme des Garçons, Meadham Kirchhoff o Gareth Pugh. De igual modo, en la madrileña 44Store, se venden diseños de Rad Hourani, Rick Owens, David Delfín, Jaime Mesa, Joe Chia o KTZ. La presencia in crescendo de estas colecciones en tiendas, comercios y plataformas atestigua el cambio de pensamiento al que estamos asistiendo. Es, en definitiva, un tímido signo de progreso social en defensa de la inclusión.

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